Pensar en el aprendizaje autoregulado es pensar en los alumnos buscando sus propio crecimiento intelectual y personal.
Alumnos guiando su propio aprendizaje bajo la compañía y tutela del profesor. ¿Es esto posible hoy?
Definitivamente, es más, es una necesidad que brota de la misma naturaleza del aprendizaje. Las escuelas, de cara al siglo XXI, deben generar las condiciones necesarias para que la enseñanza autoregulada sea una realidad. Esto es principalmente contar con profesores involucrados con el alumno y descubriéndolo como individuo, con intereses, motivaciones y ritmos distintos. No menos importante es que las escuelas contribuyan permitiendo currículos flexibles que se proyecten en programaciones de clases que contemplen las sinuosidades del desarrollo del aprendizaje de cada niño. Las expectativas de los padres, que últimamente parecen sobrevalorar el inglés y las matemáticas pre-universitarias, son otra condición imprescindible.
Alumnos guiando su propio aprendizaje bajo la compañía y tutela del profesor. ¿Es esto posible hoy?
Definitivamente, es más, es una necesidad que brota de la misma naturaleza del aprendizaje. Las escuelas, de cara al siglo XXI, deben generar las condiciones necesarias para que la enseñanza autoregulada sea una realidad. Esto es principalmente contar con profesores involucrados con el alumno y descubriéndolo como individuo, con intereses, motivaciones y ritmos distintos. No menos importante es que las escuelas contribuyan permitiendo currículos flexibles que se proyecten en programaciones de clases que contemplen las sinuosidades del desarrollo del aprendizaje de cada niño. Las expectativas de los padres, que últimamente parecen sobrevalorar el inglés y las matemáticas pre-universitarias, son otra condición imprescindible.
Como profesor he tratado, no siempre con éxito, en que los alumnos quieran aprender, que nazca de ellos la motivación por nuevos aprendizajes. Esto lo he podido lograr de algún modo en los talleres de música más no tanto en el curso de religión. Pero he tenido la experiencias de preguntarle a los alumnos, ya que nos quedaba algún tiempo, qué era lo que querían aprender y ellos mismos me propusieron internar responder sus dudas de fe. Las clases se hicieron muy interesantes esos días. Creo que se puede confiar en los alumnos, darles espacio a elegir lo que quieren aprender. Eso es exigente para el profesor e que muchas veces ya tiene perfectamente establecido lo que quiere enseñar y muchas veces lo suelta como un royo. Pero es posible y deviene en una experiencia mucho más rica en el aula.
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